Vivimos pegados a pantallas. Las consultamos apenas despertamos, las tocamos antes de dormir. En ellas buscamos respuestas, compañía, entretenimiento y validación. Pero, sin darnos cuenta, también hemos empezado a perder partes de lo que nos hace humanos: la empatía, la escucha real, el contacto, la pausa, la duda.
"No miren arriba" retrata este fenómeno con una crudeza irónica: frente a un evento catastrófico como el fin del mundo, la atención colectiva sigue atrapada en escándalos de celebridades, memes virales y campañas publicitarias. Nadie escucha. Nadie quiere realmente entender. Todo se convierte en entretenimiento.
En ese universo ficticio —pero tristemente familiar—, la tragedia pierde peso cuando no se puede convertir en un trending topic.
Y eso ocurre en nuestra realidad.
* Cuando una guerra se vuelve un hashtag de moda.
* Cuando una tragedia se mide en "me gusta".
* Cuando un discurso de odio se disfraza de opinión y se difunde sin consecuencias.